«ya… cogí al niño con mi abrigo tapada y un biberón y me venía y salió con la escopeta: ¡me cago en Dios, si das un paso adelante te pego un tiro! ¡con mi hijo no te vas! ¡¡si es que es mío!! […] Mi idea era de quedarme en el Corral Viejo porque no iba a venir de noche todo el camino; me había quedado a dormir allí en las casillas y me había venido […] pues me dio allí no sé si porque estaba embarazada si porqué, me quedé así como sin poder hablar ni respirar […] ya que volví en sí dice que porque lo había querido hacer, que porque lo había querido hacer -repitió- …» . Tras encañonarla con la escopeta y amenazarla con pegarle un tiro y sufrir una crisis de ansiedad, le decía él después de volver en sí que simuló el desmayo. Fue una de las ya habituales broncas humillantes a las que se estaba acostumbrando en los pocos meses de convivencia que llevaban desde que se casaran, pero esta resultó especialmente infernal por la ira que se desató en él cuando se encontró en casa una carta que su hermano menor le dejó pidiéndole el dinero que le debía un tiempo después de verse obligado a abandonar aquel tejar que habían pagado entre los tres hermanos; ante lo insoportable de la situación, ella siendo de noche con un bebé de pocos meses y estando de nuevo embarazada, decidió coger a su hijo en brazos e intentar escaparse de aquella casa/chozo siniestra, hacer noche en una paridera del Corral Viejo y por la mañana llegar al pueblo. «Y aquello, siempre que voy allí, y aunque no vaya me acuerdo, pero si voy allí… si voy allí me acuerdo pero mucho, pero mucho, pero mucho…», decía desde aquel salón donde pasó sus últimos años, desde aquel habitáculo que una de sus hijas había convertido en un santuario repleto de recuerdos en honor a su maltratador.